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Apenas
unos quince días antes, otras dos chicas se habían marchado de un
pueblo de Valladolid a Madrid con la intención de conocer a dos jóvenes
muy simpáticos con los que habían trabado amistad a través de líneas
telefónicas del 903, un servicio de multiconferencia, y eso frivolizó un
poco el tema. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo la
preocupación fue creciendo. Cada vez era más difícil de creer que se
hubieran marchado por su voluntad y sin dinero, y que pasaran los días
sin dar señales de vida. Las niñas eran de Alcàsser, un pueblo
valenciano cercano a Picassent. De allí desaparecieron la noche del
viernes 13 de noviembre de 1992.
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Igual que las compañeras de su misma edad, Miriam, Desirée y Toñi
estaban pasando un verano muy loco en el que iban a todas partes
haciendo autoestop, sin que sus padres lo hubieran autorizado ni
pudieran saberlo. Las tres niñas no eran especialmente amigas, por lo
que las compañeras que las conocían dudaron desde el primer momento que
hubieran decidido marcharse a correr una aventura juntas. No obstante,
no cabe ninguna duda de que antes de desaparecer fueron a visitar a una
compañera, Esther, que estaba enferma.
Luego decidieron ir a una discoteca, por entonces de moda, situada a
la salida de Picassent, llamada Color's. Miriam llamó a su casa para
que su padre las acercara a la discoteca, pero éste, aquejado de una
fuerte gripe, no pudo hacerlo.
Las niñas decidieron ir por sus propios medios. Un joven del mismo
pueblo las acercó hasta la gasolinera de Picassent. Allí una señora dijo
haberlas visto haciendo autoestop, y después subir a un coche blanco
matrícula de Valencia; y aunque, como estaba tan oscuro, no pudo
apreciar el modelo sí pudo precisar que no tenía puertas traseras. A
partir de ese momento se pierde el rastro de las tres niñas.
La alarma por la desaparición empezó en los hogares de Miriam,
Desirée y Toñi y fue creciendo hasta invadir todo el pueblo. Al cabo de
unos días se había apoderado de todos una actividad frenética. Se
desataron los nervios y se produjeron algunos desgraciados incidentes.
En plena búsqueda, un sábado por la noche, un vehículo todoterreno
arrolló a dos motoristas, causando la muerte de uno de ellos y graves
heridas al otro.
No fue lo único lamentable de aquellas jornadas de angustia. La
participación de videntes que decían que las niñas estaban retenidas
contra su voluntad en alguno de los chalets próximos al pueblo hizo que
los grupos de búsqueda, especialmente exaltados, violentaran las puertas
de algunas casas y penetrasen brutalmente en su interior.
Todo
el rastreo se desenvolvía en un radio de 20 kilómetros a la redonda. La
intensa búsqueda, en la que participaba todo el pueblo, no dio ningún
resultado.
Inmediatamente después se distribuyeron miles de carteles por
comercios y gasolineras. A medida que se extendía el interés y la
preocupación por las niñas se implicaron en la búsqueda los programas de
televisión, con lo que el asunto se convirtió en prioritario en todo el
territorio nacional. La televisión había popularizado la desaparición y
la tragedia que vivían los padres de las chicas.
Eran niñas de diferente procedencia social a las que sólo la
casualidad había unido. La casa de Desirée está en un primer piso en el
centro del pueblo, muy cerca del Ayuntamiento. Disponía de un cuarto
para ella sola. Allí destacaban los patines, que eran su principal
afición, hasta el punto de haber expresado que deseaba dedicarse
profesionalmente al patinaje. Desirée era una chica deportista de
carácter fuerte, muy lanzada y decidida.
Más retirada del centro, junto a los naranjales, en una vivienda
modesta, vive la familia de Toñi. Sus padres son emigrantes andaluces.
Toñi compartía habitación con su hermana Luisa. Era una niña dispuesta
que se comunicaba con facilidad con las demás, sin llegar a ser tan
desenvuelta como Desirée.
Miriam, que tenía la mejor situación familiar, era quizá la más
tímida de las tres. Vivía con sus padres en un confortable ático situado
en una sexta planta. Su cuarto era amplio, como el resto de la casa.
Está decorado con alegres muebles de pino, y en él domina su afición al
ballet, con pósteres y fotografías de figuras de danza, así como unas
zapatillas de baile colgadas sobre la cama.
Como se ve por su carácter y aficiones, no eran unas niñas
especialmente traviesas ni conflictivas. Pero aquel viernes de su
desaparición habían decidido arriesgarse con cierta inconsciencia.
Habrían de pagarlo muy caro.
Los padres tomaron conciencia de la gravedad del asunto desde el
primer momento. Se movilizaron, y empeñaron en la búsqueda a vecinos y
autoridades. La televisión les dedicó largos espacios, y les recibió el
presidente del Gobierno. La búsqueda de las niñas se extendió fuera de
las fronteras del país.
De entre los familiares de las niñas hay que destacar la figura de
Fernando García, padre de Miriam, que abandonó su negocio, un almacén de
colchones, y desde entonces se ha dedicado, incansable, a la tarea de
encontrar alguna pista del paradero de aquéllas. Fernando pensó desde el
primer momento que habían sido raptadas y retenidas contra su voluntad.
Por desgracia, no le faltaría razón.
Pasaron dos meses y medio largos de angustia y expectación. El
rastro de las niñas de Alcàsser parecía haberse borrado por completo. No
obstante, las lluvias torrenciales y el viento se habían encargado de
ablandar el terreno recientemente removido en un lugar de la sierra,
relativamente cercano al pueblo, donde la mano descarnada de un cadáver,
al ablandarse la tierra, había emergido de su improvisada tumba.
El miércoles 27 de enero de 1993 un apicultor que se ocupaba de sus
panales en la partida de la Romana –420 metros sobre el nivel del mar,
en Tous, cerca de la presa–, a unos 30 kilómetros de Alcàsser, tropezó
con el macabro hallazgo. Pudo fijarse en que aquel amasijo de huesos
conservaba en la muñeca un reloj blanco. Personado el juzgado, fueron
desenterrados los restos: correspondían a tres cuerpos diferentes. Muy
poco después eran identificados como los cadáveres de Miriam, Desirée y
Toñi.
A partir de ese momento, contrariamente a lo que pudiera esperarse,
el misterio sobre lo que les había ocurrido a las chicas, lejos de
aclararse, se ensombreció todavía más.
Las
autopsias revelan que las niñas habían sido atadas, golpeadas,
violadas, salvajemente torturadas y, finalmente, asesinadas a tiros. La
descripción de las heridas y mutilaciones transmite un escalofriante
relato del calvario al que fueron sometidas. Curiosamente, en el mismo
lugar en que aparecieron los cuerpos había numerosos objetos
desperdigados; entre ellos, la pista más firme para la localización de
los sospechosos.
En los alrededores de la zanja que sirvió como improvisada tumba la
Guardia Civil halló un volante de la Seguridad Social hecho pedazos. Su
reconstrucción permitió la lectura de un nombre, Anglés, que llevó a
los investigadores hasta el domicilio de Neusa Martins, madre de una
numerosa familia con varios varones conflictivos.
La vigilancia de aquella casa permitió a los agentes la detención
de un delincuente habitual, Miguel Ricart Tárrega. Interrogado para que
dijera si Enrique Anglés, uno de los hijos de Neusa, era capaz de
transportar a tres niñas en contra de su voluntad, respondió
inopinadamente que no, pero que otro de los hermanos, Antonio, lo era
perfectamente.
Así comienza la increíble leyenda de Antonio Anglés. Ricart, en una
confesión muy extraña, llena de mentiras y contradicciones, afirmó que
Antonio ya había sido condenado con anterioridad por atar a Nuria, una
mujer con la que había tenido relaciones, a un poste y golpearla con una
cadena, hecho por el que el mismo Ricart había sido detenido por
denegación de auxilio, puesto que, habiendo presenciado la brutal
paliza, no hizo nada por evitarla.
Ricart responsabiliza de todo lo ocurrido a Antonio Anglés, aunque
declara que le acompañó durante el secuestro, proporcionando toda clase
de detalles de las torturas sufridas por las niñas. Anglés, pese al
cerco policial, logra escapar. Se supone que sigue un itinerario que le
lleva primero a Lisboa y luego a Irlanda.
Oficialmente, los investigadores le pierden la pista a bordo de un barco, el City of Plymouth,
donde dicen que embarcó como polizón el 18 de marzo de 1993. Según
testimonios de la tripulación, un hombre que podría ser Anglés se lanzó
al Atlántico, sin que se haya vuelto a saber nada de él. Pero esto no es
más que la versión oficial.

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